La casa del paramo

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—Por supuesto, no repetiréis más de una vez. Dos raciones de carne y dos de budín es lo correcto. Podéis comer menos, pero nunca más.

—¡Oh, mamá! ¡Qué bonita está la aguja de la iglesia de Combehurst, con esa nube negra detrás! —exclamó Maggie al divisar el pueblo.

—Deja en paz la aguja de Combehurst mientras te hablo. Me estoy quedando sin aliento para que aprendas cómo has de comportarte, y tú venga a mirar nubes y otras tonterías semejantes. Me avergüenzo de ti.

Aunque Maggie anduvo silenciosamente al lado de su madre el resto del trayecto, la señora Browne se sentía demasiado ofendida para seguir con sus consejos. Maggie podía repetir más de una vez si quería: la dejaba por imposible.

Habían salido muy temprano. Cuando se aproximaron al puente, vieron que venía hacia ellos un chico alto y bien parecido que llevaba de las bridas un precioso pony de Shetland con una silla de amazona. Se acercó a la señora Browne y dijo:

—Mi padre ha pensado que su hija estaría cansada, y me ha pedido que le trajera el pony de mi prima Erminia. Es muy dócil.


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