La casa del paramo

La casa del paramo

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—¿Dónde está Erminia, Frank? —preguntó su padre, hablando por encima del hombro de Maggie, sin soltar su mano—. Quiero llevar a la señora Browne a saludar a tu madre. Le dije a Erminia que estuviera aquí para recibir a esta pequeña.

—Ya la llevo yo con Minnie; creo que está en el jardín. Enseguida vuelvo —exclamó; y, haciéndole un gesto a Edward, añadió—: Iremos a ver los conejos.

Frank y Maggie abandonaron el gran salón de techo elevado, repleto de libros y de objetos curiosos, y salieron a un jardín fragante y soleado que había en la parte trasera de la casa. Por uno de los caminos, entre dos setos de rosas, apareció un hada pequeña y grácil de largos tirabuzones rubios y tez de rosa. Con el azul intenso del cielo de verano detrás de ella, a Maggie le pareció un ángel. Ni apretó ni aflojó el paso al verlos, sino que continuó con el mismo andar airoso, ligero y saltarín.

—Date prisa, Minnie —gritó Frank.

Pero Minnie se detuvo a coger una rosa.

—No hace falta que te quedes conmigo —le dijo Maggie a Frank con dulzura, aunque siguiera agarrada a su mano como si fuera un amigo y la forma de actuar de la pequeña hada no le resultara especialmente amable o afectuosa.


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