La casa del paramo
La casa del paramo Finalmente llegaron a casa del señor Buxton. Estaba en la calle principal, y un tramo de escalones conducía hasta su puerta. A ambos lados de ella se abrían los enormes ventanales con bordes de piedra. En realidad, era una mansión, y no necesitaba el contraste de las casitas vecinas para resultar imponente. Cuando atravesaron el umbral, entraron en un amplio vestíbulo, donde hacía frío incluso aquel día abrasador de julio; el suelo era de losetas blancas y negras, y había unos sofás antiguos pegados a las paredes, y grandes jarrones de delicada porcelana llenos de flores secas. Aquella penumbra era muy agradable después de la luz cegadora de la calle; y la vista del jardín, enmarcada por la ancha puerta que se abría a él, proporcionaba la claridad y la alegría necesarias. Había rosas, guisantes de olor y amapolas: una masa de color de gran belleza desde el frescor sombrío del vestíbulo. Todo en la casa hablaba de riqueza, riqueza acumulada durante generaciones y mostrada con elegancia y sin ostentación. Los antepasados del señor Buxton habían sido granjeros ricos; pero dos o tres generaciones antes, de haber sido ambiciosos, se habrían incorporado a la pequeña aristocracia rural gracias a sus ahorros y a lo mucho que habían prosperado. Ellos, sin embargo, continuaron residiendo en la vieja granja hasta que el abuelo del señor Buxton construyó la casa de Combehurst que he empezado a describir; aunque luego se avergonzó de haberla hecho, convencido de que era una vivienda por encima de su posición. Él y su mujer estaban siempre en la cocina grande, y no amueblaron los salones hasta la boda del hijo. Pero éstos siguieron con los postigos cerrados y los muebles enfundados mientras vivió el viejo matrimonio, que, sin embargo, se preocupó de comprar los valiosos objetos y la magnífica porcelana antigua que adornaban las estancias. Pero murieron y fueron a reunirse con sus mayores, y los jóvenes señor y señora Buxton (de cincuenta y uno y cuarenta y cinco años respectivamente) empezaron a reinar en su lugar. Tuvieron el buen gusto de no cambiar las cosas bruscamente; pero, poco a poco, los cuartos dejaron de parecer deshabitados, y su hijo y su hija crecieron disfrutando de una gran fortuna, y de un refinamiento parejo. No obstante, tuvieron la modestia de no ponerse en ningún sentido al nivel de la nobleza rural. Lawrence Buxton estudió en el mismo colegio que su padre; la idea de mandarlo a la universidad para completar su educación, tras algunas deliberaciones, fue finalmente desechada. Al cabo del tiempo, ocupó el lugar de su padre y contrajo matrimonio con una joven dulce y adorable de una familia aristocrática venida a menos, que le dio un hijo antes de caer enferma. Su hermana se había casado con un hombre cuyo carácter era peor que su fortuna, y había enviudado. Todo el mundo consideró una bendición la muerte del marido, pero ella estaba enamorada de él a pesar de su negligencia y de sus muchos defectos; y a los pocos años abandonó este mundo, dejando a su hijita al cuidado de su hermano, después de suplicarle con voz trémula que nunca le hablara en contra de su difunto padre. Así que el señor Buxton se llevó a la pequeña Erminia a casa, lleno de remordimientos por la dureza con que había tratado a su hermana al cortar toda comunicación con ella a raíz de su desventurado matrimonio.