La casa del paramo
La casa del paramo Cuando la señora Browne se enteró de dónde habÃa tomado Maggie el té, se sintió muy ofendida. Ella sólo habÃa pasado una hora con la señora Buxton, justo antes del almuerzo. Si su anfitriona podÃa soportar el barullo que armaban los niños, no acababa de entender por qué se encerraba en aquel cuarto y se daba tantos aires. Es posible que por ser la nieta de sir Henry Biddulph se permitiera aquellos caprichos, y no se molestara en presidir la mesa ni en preparar el té para sus invitados como mandaban los cánones de la cortesÃa. ¡Pobre señor Buxton! ¡Era una desgracia que un hombre tan animado tuviera una mujer asÃ! Le tenÃa que hacer mucho bien pasar algunos ratos en agradable compañÃa. Le sentaba de perlas ver a sus amigos. TenÃa que sentirse muy desdichado con una mujer tan enfermiza.
(De haber podido contemplarlos en aquel instante, habrÃa visto cómo el señor Buxton acariciaba con ternura las manos de su mujer, y se asombraba en su fuero interno de que un ser tan puro pudiera amar a un hombre tan zafio como él; era la bendición maravillosa e inexplicable de su vida. ¡Conocemos tan poco la verdadera realidad de aquellos hogares que visitamos como amigos Ãntimos!).
Maggie no pudo soportar que su madre definiera a la señora Buxton como una dama muy fina que simulaba estar enferma. Su corazón latió con fuerza mientras exclamaba: