La casa del paramo

La casa del paramo

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—No vayas a volverte una engreída por visitar a esa gente tan fina. Sólo pretenden ser atentos con tu padre y conmigo. Y ya puedes trabajar el doble los jueves para compensar tu diversión de los miércoles.

Maggie enrojeció, y su pequeño corazón palpitó de júbilo. Casi no sentía la marcha del bondadoso Frank: ¡deseaba tanto ver a su madre! En sus sueños —tanto dormida como despierta—, ésta aparecía extrañamente asociada a las apacibles imágenes de mármol que, con las manos unidas en oración, yacen para siempre en los sepulcros del altar de la iglesia de Combehurst. Pasó una semana muy ilusionada. Temía que a su madre le irritara en el fondo su alegría; así que no la compartía con ella, pero se quedaba despierta hasta que Nancy se acostaba a su lado y le escuchaba complaciente la avalancha de pequeños detalles, reales o imaginarios, sobre su relación pasada y futura con la señora Buxton. Y la vieja criada, siempre pendiente de sus palabras, adoptó la costumbre de imaginarse el futuro con la inocencia y ligereza de una niña.

—Suponte, Nancy, sólo suponte que ella se muriera. No quiero decir que se muriera realmente, sino que cayera en una especie de trance parecido a la muerte; tuve esa impresión la primera vez que la vi. En vez de abandonarla, me quedaría a su lado y la cuidaría, sí, la cuidaría…


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