La casa del paramo

La casa del paramo

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Nancy extremó la diplomacia para conseguir que Maggie pudiera disfrutar de aquello; aunque sería incomprensible que la señora Browne lo hubiese impedido, pues el lugar de estos paseos se divisaba desde la loma que había delante de la casa, donde podía subir cualquiera que tuviese interés en vigilarlos. Frank y Maggie, con el trato, se hicieron muy amigos. La audacia de la niña deleitaba y sorprendía al muchacho, ¡al principio parecía tan tímida y apocada! Pero sólo se mostraba cohibida delante de la gente, como Frank descubriría antes de que terminaran las vacaciones. Vio cómo se encogía ante ciertas miradas e inflexiones de la voz de su madre; y aprendió a distinguirlas, lo que hizo que cogiera antipatía a la señora Browne, a pesar de lo melosa que era con él. Comunicó a su madre el resultado de estas observaciones y, en consecuencia, llevó un mensaje extremadamente cortés y ceremonioso de la señora Buxton a la señora Browne, en el que la primera rogaba a la segunda que permitiera a Maggie ir a veces a su casa, en compañía del mozo de cuadra que llevaría el periódico todos los miércoles (ahora que Frank se marchaba al internado), y pasar la tarde con Erminia. La señora Browne dio su consentimiento, orgullosa de aquel honor, si bien un poco disgustada de que la invitación no se extendiera a ella. Cuando Frank se despidió y estuvo lo bastante alejado, se volvió hacia Maggie.


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