La casa del paramo
La casa del paramo A Maggie le gustó el cambio de su voz cuando mencionó a su madre.
—Bueno, damita, ha llegado la hora de apearse. ¡Fantástico! No eres nada pusilánime, ratoncita.
Nancy, con expresión de asombro, salió a recibir a Maggie.
—Es el señor Frank Buxton —dijo la pequeña, a modo de presentación—. Le ha traído el periódico a mamá.
—¿Quiere entrar y descansar un poco, señor? Yo ataré su caballo.
—No, gracias —contestó él—. Tengo que irme. No olvides, ratoncita, que has de estar lista para dar otro paseo el miércoles que viene.
Y, dicho esto, se marchó.