La casa del paramo

La casa del paramo

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A Frank le dio mucha pena verla allí sola, contemplando cómo se alejaba su hermano, al que, por extraño que pudiera parecer, la niña empezaba a echar de menos.

—El otro día te gustó montar a caballo —dijo, tras un momento de silencio—. ¿Quieres dar un paseo ahora? Rhoda es muy tranquila, y puedes sentarte en mi silla. ¡Mira! Acortaré los estribos. Ya está; ¡qué niña tan valiente! Te llevaré con mucho cuidado. Erminia sólo se atreve a montar en una silla de amazona. Te diré lo que haremos; traeré el periódico todos los miércoles hasta que me vaya al colegio, y así podrás dar una vuelta. Ojalá tuviéramos una silla de amazona para Rhoda. O, si Erminia me deja, traeré a Abdel-Kadr, el pequeño pony de Shetland que montaste el otro día.

—Pero ¿lo permitirá el señor Buxton? —preguntó Maggie, temerosa al tiempo que encantada.

—¿Mi padre? Por supuesto que sí. Nunca me niega nada.

A Maggie le extrañó que hablara de ese modo.

—¿Cuándo vuelves al colegio? —quiso saber.

—A finales de agosto; no sé exactamente el día.

—Y Erminia, ¿va al colegio?

—No. Aunque supongo que lo hará pronto si mamá no mejora.


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