La casa del paramo

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III

Al cabo de tres semanas, llegó el día de la partida de Edward. Un pastel enorme y un paquete de pan de jengibre mitigaron su pena por tener que marcharse de casa.

—¡No llores, Maggie! —le dijo la última mañana—. Como ves, yo no lo hago. Pronto llegará Navidad, y supongo que encontraré tiempo para escribirte de vez en cuando. ¿Ha puesto Nancy un poco de limón en el pastel?

A Maggie le habría gustado ir con su madre a Combehurst para decir adiós a Edward cuando subiera al carruaje, pero no pudo ser. Les acompañó, sin ponerse el sombrero, hasta donde se lo permitieron; y luego se sentó y observó cómo se alejaban durante un larguísimo trecho. Le sobresaltó el sonido de unos cascos de caballo que avanzaban silenciosamente entre los brezales. Era Frank Buxton.

—Mi padre ha pensado que a la señora Browne le gustaría leer el Woodchester Herald. ¿Se ha marchado Edward? —preguntó, advirtiendo su tristeza.

—¡Sí! Acaba de bajar la colina para coger el carruaje. Quizá puedas verlo dentro de unos minutos, cuando cruce el puente. ¡Me habría gustado tanto acompañarle! —respondió ella, mirando hacia el pueblo con añoranza.


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