La casa del paramo

La casa del paramo

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A Maggie se le partió el corazón al ver la frialdad con que hablaban de una familia que había hecho todo lo posible para que pasaran un día feliz. Era su primera salida al mundo, y no sabía lo extendida que está la costumbre de criticar a las personas a las que se ha visitado instantes antes. Así que aquellos comentarios le dolieron. Le entristecía, asimismo, pensar que jamás volvería a ver a la señora Buxton y a la adorable Erminia. Como nadie había hablado de futuras visitas ni nada parecido, imaginaba que jamás volverían a producirse; y se sentía como aquel hombre de las Mil y una noches[4] que vislumbraba piedras preciosas y deslumbrantes riquezas en la cueva justo antes de que su entrada se cerrara sin dejar huella en la roca. Intentaba recordar la casa: las colgaduras de color tostado, azul marino y carmesí resultaban tan vistosas al lado de las cretonas claras de su hogar; y las estancias que se comunicaban entre sí eran algo completamente nuevo para ella; los aposentos parecían desvanecerse en la lejanía, como el fondo de los oscuros pasillos abovedados de las iglesias. Pero sobre todo intentaba acordarse del rostro de la señora Buxton; y Nancy tuvo que dejar finalmente a un lado su trabajo y acercarse a la cama para consolar a la pobre pequeña, que lloraba convencida de que la señora Buxton no tardaría en morir y jamás volvería a estar con ella. Nancy quería muchísimo a Maggie, y no sintió celos de la fervorosa admiración que le inspiraba aquella dama desconocida. Prestó atención a su relato y a sus miedos hasta que dejó de sollozar; y la luna entró por la ventana iluminando los blancos párpados cerrados de la niña que, dormida, seguía suspirando.


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