La casa del paramo
La casa del paramo —Ojalá lloviera todos los domingos —dijo Edward un dÃa en el jardÃn a su hermana Maggie.
—¿Por qué? —preguntó ella.
—Porque saldrÃamos deprisa y corriendo de la iglesia y volverÃamos rápidamente a casa para que no se estropease el crespón de mamá. Y no tendrÃamos que ir a llorar sobre la tumba de papá.
—Yo nunca lloro —dijo Maggie—. Y ¿tú?
Edward miró a uno y otro lado antes de contestar, para asegurarse de que estaban solos.
—No; estuve mucho tiempo triste por papá, pero no se puede estar triste toda la vida. Tal vez los adultos puedan…
—Mamá puede —exclamó la pequeña Maggie—. Algunas veces yo también me pongo muy triste; cuando estoy sola, o juego contigo, o me despierta la luz de la luna en nuestro dormitorio. ¿No tienes a veces la sensación de que papá te llama? Yo sÃ… ¡Y me da tanta pena pensar que jamás volverá a hacerlo!
—Bueno, ya sabes que para mà es distinto. Me llamaba para darme clase…
—¡Y a mà me regañaba algunas veces! Pero ahora me parece oÃr su voz más cariñosa, la que ponÃa para decirnos que paseáramos con él o cuando querÃa enseñarnos algo bonito.
