La casa del paramo
La casa del paramo »Creo que lo he hecho bastante bien, teniendo en cuenta que no he vuelto a abrir La Eneida desde que acabé el colegio, hace treinta años. JurarÃa que en aquel tiempo me pasaba seis horas al dÃa estudiándola. Y ahora te pondré a prueba. ¿Entiendes esto?: Infir dealis, inoak noneis; inmud celis, inclay noneis[9].
—Por supuesto —dijo Edward, con cierto desdén—. Y usted, ¿sabe traducir esto, señor?: Apud in is almi des ire, mimis tres i neve require, alo veri findit a gestis, his miseri ne ver at restis[10].
Pero, aunque Edward hubiese ganado tres premios y aprendido ya mucho, su formación moral dejaba mucho que desear. Era más déspota que nunca con su madre y con Maggie. Sus relaciones con Nancy eran muy tensas, y los dos preferÃan guardar las distancias al máximo. Maggie seguÃa mostrándose igual de sumisa con él, siempre y cuando no le pidiera nada que fuera en contra de su conciencia; pero sus ideas cada dÃa más claras al respecto —gracias a su espÃritu piadoso y a su afán de superación— le impedÃan obedecer a su hermano tan ciegamente como antes. Además de su autoritarismo palmario, Edward habÃa aprendido a aunar la inteligencia con varios artificios y subterfugios que repugnaban a Maggie por su mezquindad.