La casa del paramo

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—Te has vuelto tan engreída desde que eres amiga íntima de Erminia que no quieres hacer lo que te pido; eres más egoísta y testaruda que… —Edward se interrumpió de pronto.

Maggie estaba a punto de llorar.

—Haré cualquier cosa mientras esté bien hacerla, Ned.

—Bueno, pues yo te digo que eso está bien.

—¿Cómo es posible? —dijo ella con tristeza, deseando casi que la convenciera.

—¿Cómo? Porque lo digo yo, y eso es suficiente para ti. Ahora necesitas un motivo para todo. No eres ni la mitad de simpática que antes. A menos que uno apele a la lógica y esgrima un poderoso argumento, te niegas a todo. Sé obediente, hazme caso. Las mujeres tienen que serlo.

—A algunas personas las obedecería sin conocer sus motivos, aunque me pidieran una tontería —dijo Maggie, casi para sus adentros.

—Me gustaría saber a quiénes —exclamó Edward con desdén.

—A don Quijote, por ejemplo —respondió ella, muy seria; pues lo cierto es que estaba pensando en él: la nobleza, ternura y melancolía de su carácter la habían impresionado vivamente.


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