La casa del paramo

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Edward clavó su mirada en ella unos instantes, y luego estalló en carcajadas. Eso mejoró su humor. Se le ocurrió algo tan gracioso para tomar el pelo a su hermana que no pudo seguir enfadado con ella. La llamó Sancho Panza el resto de las vacaciones, a pesar de las protestas de Maggie, que no podía soportar al escudero y odiaba que la llamara con ese nombre.

Frank y Edward se tenían mutua antipatía, y los esfuerzos del señor Buxton por acercarlos parecieron acrecentar, en lugar de atenuar, la frialdad entre ambos.

—Vamos, Frank, hijo mío —decía—, no seas tan estirado con Edward. Yo quería muchísimo a su padre, y estoy empeñado en que seáis amigos. Estará en tu mano ayudarle a prosperar en la vida.

Pero Frank le respondía:

—No es trigo limpio, señor. No soporto a la gente que no es honrada. Los chicos que van a esos colegios privados aprenden toda clase de tretas.

—¡Qué va…! En eso te equivocas, hijo mío. Yo me eduqué en un colegio así y nadie podrá acusarme jamás de haberme ensuciado las manos con trampas o engaños. El señor Thomson habría matado a latigazos a cualquier alumno que hubiera hecho algo malo o inmoral.


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