La casa del paramo

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IV

Veranos e inviernos vinieron y se fueron sin nada especial que señalar, salvo el crecimiento de los árboles y la apacible evolución de los más jóvenes. Erminia fue enviada a un colegio en algún lugar de Francia, a fin de recibir una enseñanza más metódica de la que podía transmitirle en casa una tía inválida. Pero regresaba a Combehurst una vez al año, cada vez más hermosa, elegante y refinada; y Maggie percibía, acertadamente, que el paso del tiempo atenuaba su volubilidad, y que los comentarios de su tía, semejantes al rocío de la mañana, habían calado hondo y fertilizado la tierra. Pero la señora Buxton se consumía poco a poco. La devoción de Maggie acrecentaba considerablemente su felicidad; ni ella ni la niña olvidaban nunca que esa devoción debía supeditarse a las obligaciones que ésta tenía con su madre.

—Mi amor —decía la señora Buxton de vez en cuando—, no olvides que tu madre siempre es lo primero. Ya sabes cuánto me alegran tus visitas, pero, si algún día no puedes venir, lo entenderé. Tal vez ella te necesite a menudo sin que tú y yo lo sepamos de antemano.



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