La casa del paramo
La casa del paramo La señora Browne no tenía muchas ganas de retener a Maggie en casa, aunque le gustaba protestar cuando salía. En cualquier caso, prefería llevarse bien con unos amigos tan valiosos; y hasta cierto punto era consciente de lo ventajosa que era para Maggie aquella amistad íntima. Sin embargo, era incapaz de no dirigirle algún reproche, o de no detallarle, a su vuelta, todas las cosas que habría podido hacer de haberse quedado en casa, y cuántas veces la había echado en falta; pero, cuando advirtió que Maggie renunciaba tranquilamente a su visita del miércoles siempre que ella la necesitaba, dejó de quejarse y de preocuparse por su ausencia.
Cuando llegó el momento de que Edward dejara el colegio, anunció que su intención no era ordenarse sacerdote, sino convertirse en abogado[11].
—Es una profesión muy mal remunerada —explicó a su madre—. Uno se desloma cuatro o cinco años para conseguir el cargo de coadjutor por setenta libras al año; y luego se mata a trabajar por ese dinero. En el bufete de un abogado no se trabaja mucho más y, si uno aviva el ingenio, puede ganar cientos y miles al año sin demasiados problemas.