La casa del paramo
La casa del paramo La señora Browne lamentó mucho su decisión. Siempre habÃa querido que Edward fuera clérigo como su padre. No se planteaba si tenÃa o no aptitudes para un cargo religioso; preferÃa pensar que el hecho de ejercer ese ministerio purificarÃa su carácter; lo cierto es que apenas se le pasaba por la cabeza la capacidad o incapacidad de Edward para el sacerdocio. Respetaba mucho esa profesión, y su marido se habÃa consagrado a ella.
—Me gustarÃa más que fueras coadjutor y ganaras setenta libras al año que abogado con setecientas —le respondió—. Y ya sabes que a tu padre siempre le invitaban a cenar a todas partes… a sitios donde jamás recibirÃan al señor Bish de Woodchester, por mucho que gane mil libras al año. Además, el señor Buxton elegirá al próximo párroco de Combehurst, y tú tendrÃas bastantes posibilidades gracias a tu padre. Mientras tanto, podrÃas vivir con nosotras si fueras coadjutor en alguna parroquia cercana.
—¡Menuda ocurrencia! No pienso volver a enterrarme por estos pagos. Es un lugar muy respetable para usted y para Maggie, y supongo que ni siquiera les parece aburrido; pero la idea de sentarme apaciblemente aquà me resulta un tanto absurda.
—Papá lo hizo, y fue muy feliz —dijo Maggie.