La casa del paramo
La casa del paramo —SÃ, después de haber estado en Oxford —contestó Edward, un poco desconcertado por su alusión a aquél cuyo recuerdo incluso los más egoÃstas y desconsiderados debÃan respetar.
—¡Bueno, también tú tendrÃas que ir antes a Oxford! —terció Maggie.
—¡Maggie! Me gustarÃa que no te entrometieras en los asuntos de mi madre y mÃos. Quiero dejar esto zanjado, y no lo conseguiré si sigues metiéndote donde no te llaman. Y ahora, madre, ¿no comprende que será mucho mejor para mà entrar en el bufete del señor Bish? Harry Bish lo ha comentado con su padre.
La señora Browne suspiró.
—¿Qué opinará el señor Buxton? —preguntó con tristeza.
—¿Que qué opinará? ¿No se da cuenta, madre, de que fue él quién me metió esta idea en la cabeza al decir, en mis primeras vacaciones navideñas, que algún dÃa serÃa su administrador? No estarÃa mal, ¿verdad? Harry Bish piensa que podrÃa ganar mil libras al año.
Su voz fuerte, rápida y decidida derrotó a la señora Browne; pero nunca se habÃa doblegado a sus deseos con tanto pesar. No era la primera vez que una declamación elocuente ocupaba el lugar de un buen razonamiento.