La casa del paramo

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Edward se salió con la suya y empezó a trabajar de pasante para el señor Bish. Los únicos que podían oponerse a su voluntad eran la señora Browne y el señor Buxton. La primera hacía mucho tiempo que consideraba ley los deseos de su hijo; el segundo, aunque sorprendido y algo decepcionado por aquel inesperado cambio en sus planes para ayudar a Edward, dio su consentimiento e incluso le adelantó una parte del dinero que necesitaba para entrar en el bufete.

Maggie vivió ese cambio con sentimientos contrapuestos. Desde niña había imaginado a Edward ocupando el lugar de su padre. Siempre había creído que sería un hombre afable, serio y contemplativo, tal como recordaba a su progenitor. Con la falta de lógica propia de una niña, no había pensado cuán difícil era que un muchacho egoísta, vanidoso e impaciente se convirtiera en un adulto pacífico, humilde y piadoso, simplemente por ejercer una profesión en la que se precisaban esas cualidades. Pero ahora, a los dieciséis años, empezaba a comprenderlo. Movida más por los sentimientos que por la razón, se daba cuenta de que Edward nunca sería un buen ministro de Cristo. De modo que sintió más alegría y agradecimiento que tristeza —aunque ésta también embargara su ánimo— cuando se enteró de su decisión de ser abogado.


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