La casa del paramo
La casa del paramo Frank Buxton, entretanto, se estaba haciendo un hombre. Todas las esperanzas de su padre y de su madre estaban depositadas en él; aunque los caracteres de ambos eran tan diferentes como sus aspiraciones. Parecía bastante razonable que el señor Buxton, que personalmente no era un hombre ambicioso ni mundano, deseara en cambio toda clase de honores y distinciones para su hijo. La señora Buxton, por su parte, lo único que anhelaba eran oraciones. Estaba consumiéndose, del mismo modo que la luz se desvanece en la oscuridad en una noche de verano. Nadie parecía advertir la progresión de su enfermedad, pero ella sí era consciente. La última vez que Frank estuvo de vacaciones en Combehurst antes de su muerte, comprendió que no volvería a verlo; y, cuando el joven se marchó de casa alegremente, con una animación en parte fingida, su madre se arrastró con paso lánguido hasta una estancia que daba a la fachada de la casa, a fin de verle bajar por la larga y tortuosa callejuela que conducía a la posada donde se cogía la diligencia. Mientras se alejaba, Frank se dio la vuelta para mirar su hogar, y allí estaba la pálida figura de su madre contemplándole. No pudo ver la tristeza de sus ojos, pero hizo que a ella le brincara el pobre corazón dentro del pecho cuando regresó corriendo en busca de otra bendición y de otro beso.
Y ya no volvió a casa hasta que le anunciaron la muerte repentina de su madre.