La casa del paramo
La casa del paramo El señor Buxton, en el comedor, estaba cogiendo verdadero gusto a los sorprendentes pleitos de Edward. Le recordaban a los trucos de cartas. Un movimiento rápido y, de entre un montón muy poco prometedor, presto!, salÃa la carta que buscaban. Edward exponÃa el caso de forma que parecÃa imposible encontrar una laguna jurÃdica para ganarlo; pero, como por arte de magia, al final los tribunales emitÃan siempre el veredicto deseado. TenÃa un modo muy gráfico de contar las cosas; y, como no ahorraba epÃtetos a la hora de calificar a sus contrarios, el señor Buxton acababa convencido de que el demandante o el demandado (según el caso) era un «granuja sin principios» o un «mÃsero avaro», y se alegraba, por consiguiente, de que triunfara sobre él el ingenio de «el patrón», el señor Bish. Finalmente, quedó tan impresionado con los conocimientos legales de Edward que le consultó sobre un terreno lleno de viviendas que tenÃa en Woodchester.
—Creo que hay veintiuna casas, y no me reportan ni cuatro libras al año; y con eso tengo que pagar los impuestos. ¿Existe alguna posibilidad de venderlas? Están en Doughty Street; un barrio bajo, me temo.
—Muy bajo —se apresuró a contestar Edward—. Pero, si está impaciente por venderlas, seguro que podré encontrarle un comprador en poco tiempo.