La casa del paramo

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—¡Así me gusta! ¡Nadie habría podido elegir una nuera mejor! Pero ahora en serio, creo que el dinero empieza a interesarle; no para él, por supuesto, sino como un medio para ennoblecer a Frank. Desde que he vuelto a casa en Navidad, está cada vez más preocupado por sacar el máximo partido de sus propiedades; algo que siempre le dio igual. No creo que él sea consciente de ello; pero, por uno o dos detalles que he observado en él, no me extrañaría nada que se acabara convirtiendo en un viejo avaro —exclamó Erminia con un suspiro.

Maggie sintió casi simpatía por aquel padre que buscaba lo que creía mejor para su hijo Frank. Aunque estaba tan convencida como Erminia de que el dinero no da la felicidad, no pudo evitar decir en aquel instante:

—¡Ay! ¡Ojalá tuviera una fortuna! Me gustaría tanto dársela a él.

—¡Vamos, Maggie! ¡No seas tonta! Siempre has estado contenta con lo que tienes, así que aprovecho esta ocasión para decirte lo necia que eres. ¡No! No lo haré, pareces realmente agotada con tanta agitación. Además, tengo que irme, o Jem empezará a preguntarse qué ha sido de mí. Querida prima política, vendré a verte muy a menudo; es posible que todavía te eche un sermón.


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