La casa del paramo
La casa del paramo —Porque es cierto. Da la casualidad de que tiene muy buen carácter; y, por ese motivo, su férrea voluntad no resulta desagradable ni ofensiva. Pero ya verás lo vehemente e imperioso que puede ser cuando lo domina un deseo equivocado. Tenlo por seguro, la oposición de mi tÃo será magnÃfica para él. Como la dulce y querida tÃa Buxton habrÃa dicho: «Hay un designio sagrado en ella»; y como la tÃa Buxton no habrÃa dicho, pero yo sÃ: «Los necios entran corriendo donde los ángeles temen aventurarse[14]», y he decidido que ese designio no es otro que enseñar a Frank sumisión y paciencia.
—Erminia, ¿cómo es posible que no…? —y Maggie se detuvo.
—Sé lo que quieres decir: que cómo es posible que no me haya enamorado de él. Pues porque no me parece lo bastante reservado ni misterioso. Me gustarÃa un hombre más impenetrable… envuelto en cierta oscuridad, en algo que yo tuviera que desentrañar. Además, ¡piensa en lo mucho que chocarÃan nuestros temperamentos! Mi tÃo demostró muy poca visión al tener esa esperanza; ¡aunque supongo que pensaba menos en la afinidad de nuestros caracteres que en la de nuestras fortunas!
—¡DeberÃa darte vergüenza, Erminia! ¡A nadie le importa menos el dinero que al señor Buxton!