La prima Phillis

La prima Phillis

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Era una tarde fría y brumosa de noviembre. La neblina parecía invadir incluso el interior de la casa; pero el leño enorme que ardía en la chimenea debería haber bastado para alegrar la sala. La prima Holman y Phillis se sentaban en la mesita redonda que había delante del fuego, y trabajaban en silencio. El pastor tenía unos libros sobre el aparador, y parecía absorto en su estudio, a la luz de una vela solitaria —quizá la causa de tanta quietud fuera el temor a molestarlo—. Pero todos me dieron la bienvenida; sin alborotos ni aspavientos, como de costumbre. Se llevaron mi ropa de abrigo, fría y húmeda, adelantaron la cena y me colocaron una silla a un lado de la chimenea, de tal modo que abarcaba toda la habitación con la vista. Me fijé en Phillis, muy pálida y cansada, y advertí cierto tono doliente (por así decir) en su voz. Estaba haciendo las cosas de siempre —sus pequeñas tareas domésticas—, pero, por algún motivo, las hacía de un modo diferente. No sabría explicar por qué, pues sus movimientos seguían siendo diestros y veloces, pero era como si ya no los iluminara la fresca primavera. La prima Holman empezó a hacerme preguntas; incluso el pastor dejó a un lado sus libros y se acercó al otro lado de la chimenea para escuchar las novedades que traía. Primero les expliqué por qué había tardado tanto tiempo, más de cinco semanas, en ir a verlos. La respuesta era muy sencilla: el trabajo y la necesidad de obedecer estrictamente las órdenes de mi nuevo jefe, que aún no sabía lo que era la confianza, y menos aún la indulgencia. El pastor movió la cabeza en señal de que aprobaba mi conducta, y dijo:


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