La prima Phillis
La prima Phillis —¡Muy bien, Paul! «Esclavos, obedeced en todo a vuestros amos de este mundo[18]». A veces tenÃa miedo de que Edward Holdsworth te estuviera dando demasiada libertad.
—¡Pobre señor Holdsworth, estará en medio del océano! —exclamó la prima Holman.
—Que va… —contesté—, ya ha desembarcado. He recibido una carta suya desde Halifax.
Empezaron a llover las preguntas. ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Qué hacÃa? ¿Le gustaba? ¿Qué tal la travesÃa? Etcétera.
—Nos hemos acordado tanto de él cuando oÃamos ulular el viento. ¿Sabes que ha derribado el viejo membrillo, Paul? El que está a la derecha del peral gigantesco. Se cayó el lunes hizo una semana. Precisamente esa noche le pedà al pastor que rezara de manera especial por todos aquellos que estuvieran en la mar, y él me contestó que quizá el señor Holdsworth ya hubiera desembarcado; pero yo le dije que, aunque él no necesitara su oración, seguro que les irÃa bien a muchos otros que precisaban los cuidados del Señor. Phillis y yo pensábamos que la travesÃa durarÃa un mes.
Phillis empezó a hablar, pero pareció anudársele la voz. Y era un poco más aguda de lo habitual cuando dijo: