La prima Phillis
La prima Phillis —Le he preguntado a la señora Holman —dijo una voz femenina— si Phillis estaba bien, y me ha dicho que un catarro muy fuerte la ha dejado hecha un guiñapo. Pero no parecÃa nada preocupada al contármelo.
—Será mejor que la cuiden —exclamó una de las señoras más ancianas—. La familia de Phillis no es nada longeva. La hermana de su madre, Lydia Green, es decir, su propia tÃa, murió de tisis más o menos a su edad.
Aquella aciaga conversación se interrumpió cuando salieron el pastor, su mujer y su hija. Todos se desearon unas felices Navidades. Yo estaba tan impresionado, y sentÃa tanta congoja e inquietud que me costó devolver los cariñosos saludos de mis parientes. Miré a Phillis de soslayo. HabÃa crecido y estaba más delgada, pero el rubor de sus mejillas me engañó durante un rato, y su aspecto me pareció tan saludable como siempre. Sólo advertà su palidez cuando volvimos a la granja y se sumió en el silencio. Sus ojos grises estaban tristes, hundidos; y su semblante, blanco como la cera. Pero seguÃa haciendo las cosas de siempre; al menos las que habÃa hecho en mi última visita, cuando no parecÃa enferma. Y me sentà inclinado a pensar que la prima Holman habÃa tenido razón al contestar a sus amables y chismosas conocidas que Phillis estaba recuperándose de un fuerte resfriado.