La prima Phillis

La prima Phillis

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Como ya he dicho, iba a quedarme hasta el día siguiente. Había caído una gran nevada, pero no toda la que se esperaba, según dijeron, aunque un grueso manto de nieve cubriera ya la tierra. El pastor estaba guardando el ganado y haciendo todos los preparativos para el mal tiempo, que se prolongaría varias jornadas. Los hombres cortaban madera y llevaban el trigo al molino para que lo molieran antes de que la carretera se volviera intransitable para los carros tirados por caballerías. La prima Holman y Phillis habían subido al desván, al cuarto de las manzanas, para tapar la fruta y protegerla de la helada. Yo estuve fuera casi toda la mañana, y volví a la casa más o menos una hora antes de la comida. Para mi sorpresa, pues sabía que tenía que estar muy ajetreada, encontré a Phillis sentada junto al aparador, leyendo, o simulando leer, con la cabeza apoyada en las manos. No levantó la cabeza cuando entré, pero comentó que su madre la había mandado abajo para que no pasara frío. Tuve la impresión de que lloraba, y supuse que habría sufrido algún pequeño contratiempo. Pero ¿cómo pude ser tan necio de pensar que la dulce y apacible Phillis podía estar enojada? Me incliné y empecé a atizar el fuego, que nadie parecía haber cuidado. Mientras estaba agachado oí algo que me obligó a detenerme y escuchar: un sollozo; un sollozo inconfundible, irreprimible. Me levanté de un salto.


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