La prima Phillis

La prima Phillis

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CAPÍTULO IV

Cuando fui al templo el Domingo de Pascua oí cómo las chismosas de Hornby felicitaban a la prima Holman por lo radiante que estaba su hija, olvidando sus siniestras profecías de tres meses antes. Y, al mirar a Phillis, no me extrañaron sus palabras. No la había vuelto a ver desde el día siguiente de Navidad. Me había marchado de la granja Esperanza apenas unas horas después de darle la buena nueva que había hecho palpitar su corazón con renovados bríos. Nuestra conversación en el establo seguía viva en mi memoria mientras la contemplaba y escuchaba los comentarios sobre su aspecto luminoso y saludable. Cuando sus ojos tropezaron con los míos, nos miramos con complicidad. Phillis se alejó, ruborizándose. Durante horas pareció cohibirle mi presencia, y me sentí más bien molesto con ella por rehuirme deliberadamente después de mi larga ausencia. Yo me había apartado un poco de mis modos habituales al hablarle del amor de Holdsworth; no es que fuera un secreto, ni que hubiera prometido a mi amigo no repetir sus palabras, pero a veces sentía cierto desasosiego al recordar mi confidencia en un momento de agitación al ver a Phillis doliente y afligida. Había querido decírselo a Holdsworth en mi siguiente carta, pero, cuando la tuve a medio escribir, me quedé con la pluma en la mano, indeciso. Tenía más escrúpulos en revelar lo que había descubierto o adivinado en el corazón de Phillis que en comunicarle a ella las palabras de Holsdworth. No creía tener derecho a contarle lo que yo pensaba; a saber: que ella le amaba con toda el alma, y sentía tanto su ausencia que había caído enferma. Pero, para explicarle a Holdsworth por qué le había hablado a Phillis de sus sentimientos tendría que esgrimir mis razones, así que decidí dejar las cosas como estaban. De ese modo, al igual que ella me había participado su deseo de que fuera él quien le diera todos los pormenores, y se declarara de forma más explícita, Holdsworth tendría el placer de arrancar el dulce y delicioso secreto de sus labios virginales. No revelaría mis conjeturas y suposiciones —cualquier cosa menos certezas— sobre lo que albergaba su corazón. Había recibido dos cartas de mi amigo desde que había empezado a trabajar. Rebosaban vida y energía, pero en ambas había un mensaje más que atento para la familia de la granja Esperanza, y una pequeña pero clara alusión a la propia Phillis, que ponía en evidencia que ella ocupaba un lugar único en su memoria. Yo se las había enviado al pastor, convencido de que le interesarían incluso sin conocer a su autor, pues estaban escritas de un modo tan inteligente y pintoresco que parecían traer un soplo de países lejanos a su vida rutinaria. Solía preguntarme en qué oficio o negocio no habría prosperado el pastor —intelectualmente, quiero decir— si su vida hubiera tomado otros derroteros. Habría sido un magnífico ingeniero, de eso estoy seguro; y le gustaba mucho el mar, como a tantos hombres del interior para los que el inmenso abismo está lleno de fascinación y misterio. Leía libros de derecho con entusiasmo; y en una ocasión en que pidió prestado un libro de De Lolme sobre la Constitución inglesa (o un título por el estilo)[19], estuvo hablando de jurisprudencia hasta que su lenguaje se me hizo ininteligible. Al devolver el volumen, el pastor elaboró una lista con las dudas que le había suscitado su lectura, y me pidió que se la mandara a Holdsworth en una de mis cartas; y a mí se me ocurrió sugerir que ambos se escribieran directamente. Y así estaban las cosas en lo que se refiere al ausente cuando por Pascua llegué a la granja Esperanza y encontré a Phillis, como he mencionado antes, tan cohibida conmigo. Me pareció una ingrata, máxime cuando yo había tenido que sobreponerme a mis escrúpulos al hablarle del amor de Holdsworth. Probablemente había cometido un error, o una locura, y todo por su bien; y ahí estaba ella, más distanciada que nunca. Pero tal alejamiento apenas duró unas horas. Creo que, en cuanto tuvo la certeza de que no saldría de mí ni una palabra, mirada o indirecta sobre el asunto que acaparaba su pensamiento, se mostró conmigo tan fraternal como de costumbre. Tenía muchas cosas que contarme de la granja: Rover se había puesto enfermo, y todos habían estado muy preocupados por él; después de una pequeña discusión entre su padre y ella, ambos igual de apenados por los sufrimientos del viejo perro, el pastor había rezado por él con toda la familia, y Rover había empezado a mejorar justo al día siguiente. Y entonces intentó conocer mi opinión sobre la finalidad de la oración, la especial providencia y no sé qué más; pero yo me «planté» como un viejo caballo de carga y me negué a dar un paso en esa dirección. Luego hablamos de diferentes nidadas de pollos, y me mostró las gallinas que resultaban ser mejores madres, además de describirme, con la mayor convicción, las peculiaridades de las aves de corral; yo la escuché convencido de que casi todo lo que decía era cierto. Después dimos una vuelta por el bosque, pasando la pradera donde crecían los fresnos, y buscamos las primeras prímulas del año, con sus hojas verdes, tiernas y rugosas. En cuanto pasó el primer día, Phillis no temió quedarse a solas conmigo. Jamás la he visto tan hermosa, tan feliz. Creo que no era muy consciente de por qué se sentía tan dichosa. Me parece verla ahora, bajo las ramas repletas de brotes que teñían de un verde cada día más intenso los árboles grises, con el sombrero echado hacia atrás y un ramo de delicadas flores silvestres en la mano, sin percatarse de cómo la miraba, pero atenta al suave gorjeo de algún pájaro en un arbusto o árbol vecino. Dominaba el arte de trinar e imitar las diferentes notas de los pájaros, y conocía su canto y sus costumbres mejor que nadie. La primavera pasada lo había hecho a menudo a petición mía; pero aquel año trinaba, silbaba y gorjeaba como ellos, empujada por la plenitud y la alegría de su corazón. Era más que nunca la niña de los ojos de su padre; su madre le daba no sólo el amor que le correspondía a ella, sino también el del hijo muerto en la infancia. He oído a la prima Holman susurrar, después de dirigir una larga mirada soñadora a Phillis, cómo se parecía cada vez más a Johnnie, y consolarse después con quejas inarticuladas y pequeños movimientos de cabeza de una dolorosa pérdida de la que jamás se recuperaría. Los viejos sirvientes de la granja sentían por la hija de sus amos el cariño mudo y leal que suelen profesar casi todos los trabajadores de la tierra, y que muy pocas veces alcanzan a expresar. Mi prima Phillis era como una rosa que hubiera florecido en el lado soleado de una casa solitaria, guarecida de las tormentas. Como había leído en algún libro de poesía:


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