La prima Phillis

La prima Phillis

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La primera sombra que vino a turbar mi paz fue una carta procedente de Canadá, en la que leí dos o tres frases que me inquietaron más de lo debido, a juzgar por las palabras empleadas. Eran éstas: «Mi vida sería muy aburrida en un lugar tan apartado si no hubiera trabado amistad con un francocanadiense llamado Ventadour. Él y su familia son un consuelo para mí en las noches largas. Nunca he oído una música coral tan hermosa como cuando cantan a varias voces los hijos e hijas de Ventadour; el elemento “extranjero” inherente a sus caracteres y su forma de vida me recuerdan a algunos de los días más felices de mi vida. Lucille, la hija segunda, es increíblemente parecida a Phillis Holman». Traté de tranquilizarme en vano pensando que no había nada más natural que aquella intimidad, y que no había el menor indicio de que fuera a ocurrir algo que debiera inquietarme. Pero tuve un presentimiento, y me sentí muy angustiado: no podía quitármelo de la cabeza. Supongo que éste se volvió más intenso y persistente cuando empezó a invadirme la duda de si había hecho bien al hablarle a Phillis de los sentimientos de Holdsworth. La alegría desbordante de mi prima aquel verano era muy diferente de la apacible serenidad que irradiaba antes. Si, al reflexionar sobre esto, mi mirada pensativa se cruzaba con la de ella, Phillis se ruborizaba y resplandecía de alegría, adivinando que su secreto ocupaba mi cabeza. Y desviaba la vista como si no pudiera soportar que yo entendiera lo que revelaba el brillo de sus ojos. Después de mucho cavilar, me consoló la idea de que si aquel cambio hubiera sido algo más que una pueril fantasía mía, sus padres habrían reparado en él. Pero ellos siguieron tan tranquilos, como si nada perturbara su paz.


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