La prima Phillis
La prima Phillis Y fui, bracero voluntarioso, y seguí el ejemplo de Phillis. Y se cumplió con la secular distinción de rangos; el chico que ahuyentaba los gorriones de la fruta iba el último en nuestra fila. Continuamos trabajando hasta que un sol rojizo se ocultó tras los abetos que bordeaban el ejido. Entonces volvimos a casa y cenamos, rezamos nuestras oraciones y nos fuimos a la cama. A través de la ventana abierta oí cómo un pájaro cantaba hasta altas horas de la noche, y cómo las aves de corral iniciaban sus cloqueos y cacareos al despuntar el alba. Yo me había llevado una bolsa con las cosas más necesarias, y el resto del equipaje habían convenido en enviármelo desde mi alojamiento. El porteador llegó con él a la granja a primera hora de la mañana, y además trajo dos cartas que había recibido después de mi marcha. Recuerdo que estaba en la sala de estar, hablando con la prima Holman sobre el modo en que mi madre hacía el pan —mis conocimientos al respecto eran demasiado superficiales para poder responder a sus preguntas—, cuando uno de los criados me entregó las cartas. Salí a pagar al porteador sin mirarlas, y luego vi que una era una factura y otra una carta ¡de Canadá! ¿Qué instinto especial me hizo dar las gracias por estar solo con mi querida prima Holman, ensimismada en sus cosas? ¿Qué me empujó a guardarlas a toda prisa en el bolsillo? No lo sé. Sentí un extraño malestar, y me temo que respondí a mi prima lo primero que me vino a la cabeza. Me fui a mi habitación, simulando que subía el equipaje. Me senté al lado de la cama y abrí la carta de Holdsworth. Era como si ya hubiera leído su contenido y supiera exactamente lo que tenía que decirme. Sabía que iba a casarse con Lucille Ventadour; o, mejor, ya se había casado, pues estábamos a cinco de julio y él me escribía que la boda se celebraría el veintinueve de junio. Sabía las razones que esgrimía, el éxtasis que lo embargaba. Me quedé con la carta en las manos y la mirada perdida. Y, a pesar de ello, vi un nido de pinzón en el tronco cubierto de liquen de un viejo manzano frente a mi ventana, y cómo la madre se acercaba revoloteando para alimentar a sus crías. Pero no fui consciente de lo que estaba viendo, aunque después tuviera la sensación de poder dibujar cada rasgo, cada pluma. Tuve que ponerme en marcha cuando oí las alegres voces y el golpeteo de los zuecos de los que volvían a casa para el almuerzo. Tenía que bajar a comer, y tenía también que decírselo a Phillis, pues Holdsworth, empujado por su felicidad egoísta y por su envanecimiento, había añadido en una posdata que nos enviaría una tarjeta de boda a mí y a otros conocidos de Hornby y Eltham, y a sus «buenos amigos de la granja Esperanza». Phillis había pasado a ser uno más de esos «buenos amigos». No sé cómo pude soportar aquel almuerzo. Recuerdo que me obligué a comer, y a hablar sin parar; y, asimismo, la perplejidad con que me miraba el pastor, que no era una persona malpensada; pero muchos habrían creído que se me había ido la mano con el vino. Tan pronto como me pareció correcto, me levanté de la mesa y anuncié que salía a dar un paseo. Supongo que al principio intenté desterrar mi congoja caminando muy deprisa, pues anduve vagando por los páramos, más allá del ejido cubierto de tojo, hasta que mi cansancio me obligó a aflojar el paso. Deseaba —y cuán ardientemente— no haber cometido jamás aquel grave error…, poder borrar aquella media hora escasa de indiscreción. E iba del arrepentimiento a la indignación con Holdsworth (sin duda injusta). Debí de pasar más de una hora en aquel lugar solitario, y luego volví a la granja, decidido a contarle todo a Phillis a la primera oportunidad. Pero mi determinación flaqueó de tal modo cuando llegué a la casa y vi a Phillis en la cocina (hacía tanto calor que puertas y ventanas estaban abiertas de par en par) que me atenazó la angustia. Estaba junto al aparador, y cortaba una hogaza de pan casera en rodajas desiguales para los trabajadores que llegarían hambrientos en cualquier momento, pues el cielo estaba cubriéndose de negros nubarrones. Miró a uno y otro lado cuando oyó mis pasos.