La prima Phillis
La prima Phillis Se la ofrecà mientras hablaba. Ella palideció un poco, pero creo que más por la expresión de mi rostro que porque mis palabras le sugirieran su contenido. Aun asÃ, no cogió la carta. Tuve que pedirle que la leyera para que comprendiera cabalmente lo que yo intentaba decirle. Cuando la hubo cogido, se sentó con cierta brusquedad, y, extendiéndola sobre el aparador, puso la frente sobre la palma de las manos, con los brazos apoyados en el tablero, el cuerpo un poco vuelto y el semblante medio oculto. Miré a través de la ventana abierta, con el corazón encogido. ¡Qué quieto parecÃa todo en la granja! ¡Qué apacible y abundante! ¡Qué profundo el silencio de la casa! Tictac, tictac, repetÃa el reloj en mitad de la ancha escalera. HabÃa oÃdo el crujido del papel delgado cuando Phillis volvÃa la página. HabrÃa llegado ya al final de la carta. Pero no se movÃa, no decÃa nada; ni siquiera se le escapaba un suspiro. Seguà mirando por la ventana, con las manos en los bolsillos. Me gustarÃa saber cuánto tiempo duró aquello. Se me hizo interminable… insufrible. Al final volvà la cabeza para mirarla. Phillis debió de sentir que la observaba, pues cambió de postura con un movimiento brusco y rápido, y sorprendió mis ojos fijos en ella.
—No estés tan apenado, Paul —dijo—. Por favor, te lo ruego. No puedo soportarlo. No hay nada que lamentar. Eso opino al menos. En cualquier caso, tú no has hecho nada malo.