La prima Phillis
La prima Phillis Creo que era lo que estaba a punto de ocurrir, pero en ese preciso instante se desencadenó la tormenta y un trueno pareció retumbar justo encima de nosotros. Se despertó la prima Holman y llamó a Phillis. Los hombres y las mujeres que trabajaban en el campo de heno corrieron a la casa en busca de refugio. El pastor llegó tras ellos, muy sonriente, como si le produjera una gran excitación ver la lucha de los elementos; pues, después de trabajar a destajo a lo largo de aquella jornada estival, la mayor parte del heno estaba a salvo, almacenada en el granero. En medio del ajetreo me crucé un par de veces con Phillis, siempre atareada y haciendo lo que debía. Cuando por la noche me quedé solo en mi dormitorio, me permití sentir cierto alivio. Pensé que ya había pasado lo peor y que no había sido tan horrible, después de todo. Pero los siguientes días fueron muy tristes. Más de una vez pensé que el extraño cambio que advertía en Phillis era sólo fruto de mi imaginación, ya que, de haber sido real, sus padres —de la misma carne y de la misma sangre— habrían sido los primeros en percibirlo. Pero nada parecía turbar su vida plácida y feliz; si acaso, se mostraban un poco más alegres de lo habitual, porque «la cosecha de los primeros frutos», como decía el pastor, había sido más copiosa que otros años, y hasta el último peón participaría de toda aquella abundancia. Después de la tormenta llegaron dos hermosos días de cielo azul, durante los cuales se transportó todo el heno, y luego cayeron unas lluvias suaves y pertinaces que empaparon las espigas de trigo e hicieron que brotara de nuevo la hierba segada. El pastor dispuso de más tiempo libre y disfrutó más del hogar en aquel período lluvioso: las fuertes heladas eran sus vacaciones de invierno, y aquellos días de lluvia, tras la recogida del heno, sus vacaciones de verano. Nos sentábamos con las ventanas abiertas, mientras la fragancia y el frescor de la lluvia que caía mansamente llenaban la sala de estar. Y el quedo, incesante tamborileo del agua entre las hojas debería haber tenido el mismo efecto arrullador que otros sonidos tenues y continuos como las ruedas de molino y el borboteo de las fuentes tienen en el ánimo de la gente feliz. Pero dos de nosotros no éramos felices. Yo no lo era, de eso estaba seguro. Y Phillis me preocupaba sobremanera. Desde el día de la tormenta, su voz sonaba diferente, más áspera, menos armoniosa. Sus ojos inquietos habían perdido el sosiego, y el color de su tez iba y venía sin que yo pudiera adivinar el motivo. El pastor, ignorante de aquello que más podía perturbarle, sacaba sus libros, tanto los científicos como los clásicos. No sé si leía y al tiempo que hablaba con Phillis o conmigo, pero, consciente de que ella no prestaba atención —¿cómo iba a hacerlo?— a los comentarios ponderados de su padre, tan ajenos a las turbulencias de su corazón, yo me esforzaba por escucharle y, si era posible, entender sus explicaciones.