La prima Phillis

La prima Phillis

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—¡Mira esto! —dijo el pastor, dando un golpecito en el libro encuadernado en vitela que tenía en la mano—. En el libro I de las Geórgicas, Virgilio nos habla del arado de la tierra y del riego, y poco después insiste en la selección de las mejores semillas y nos recomienda tener siempre limpias las acequias. Ningún granjero escocés podría dar un consejo mejor que el de cortar la hierba cuando está humedecida por el rocío, aunque eso suponga trabajar antes del amanecer. Lo que dice, pues, Virgilio sigue siendo verdad en nuestros días.

Empezó a golpearse con una regla una de sus rodillas, marcando el ritmo de unos versos latinos que leía en voz alta. Supongo que aquel ruido repetitivo y monótono causó una profunda desazón en Phillis, pues recuerdo que el hilo con que cosía se enredó y acabó rompiéndose. No he vuelto a oír en la vida ese chasquido sin imaginar una punzada de dolor en el corazón de la costurera. La prima Holman, que tejía plácidamente, creyó comprender el motivo de que Phillis tuviera que interrumpir constantemente su labor.

—Me temo que es un hilo horrible —dijo, en tono cariñoso y comprensivo.

El comentario resultó excesivo para Phillis.

—El hilo es horrible… Todo es horrible… ¡Estoy tan harta de las cosas…!


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