La prima Phillis

La prima Phillis

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—Un hombre ha de tener cuidado con las artes de seducción que despliega. Algunos lo hacen con la naturalidad e inocencia con que se arrullan las palomas. No seas uno de ellos, Paul. Aunque tampoco tienes suficiente encanto para serlo, no eres nada del otro mundo: ni tienes buena planta, ni eres guapo. Habría que ser una víbora sorda para dejarse engatusar por tus palabras, aunque resultaran bastante inofensivas.

A un joven de diecinueve o veinte años tiene que dolerle una opinión así, aunque quien la emita sea la mujer más vieja y fea del mundo. Me encantó cambiar de tema y repetirle varias veces que guardara el secreto de Phillis. Nuestra conversación terminó con estas palabras suyas:

—Escucha, mentecato, por mucho que seas primo del pastor (más de uno tiene que soportar algún primo tonto), ¿acaso crees que sólo puedo ver lo que es sensato a través de tus gafas? Como dice la Biblia, tienes mi permiso para cortarme la lengua y clavarla sobre la puerta del granero para ahuyentar a las urracas[23] si cuento algo de esto… a Phillis, o a quien sea. Ahora que me has oído hablar con las palabras de las Sagradas Escrituras, tal vez estés satisfecho y me dejes la cocina para mí sola.


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