La prima Phillis
La prima Phillis Y se impuso hablar más que en los días anteriores, haciendo muchas preguntas e intentando alejar la conversación de aquella herida en carne viva. Yo no era tan dueño de mí mismo, pero seguí su ejemplo. Como no estaba tan absorto en la conversación, pude ver que el pastor se sentía inquieto y desconcertado, aunque secundara los esfuerzos de Phillis para impedir que su madre volviera a la gran noticia y prorrumpiera en exclamaciones de júbilo y sorpresa. Con esa única excepción, todos nos sentimos alterados en mayor o menor medida. Cada día, cada hora, me reprochaba más a mí mismo mi entrometimiento. Si me hubiera mordido la lengua aquella media hora…; si no hubiera sentido tanta impaciencia por hacer algo que aliviara el sufrimiento de Phillis… Tenía tantos remordimientos que de buena gana me habría dado de cabeza contra la pared. Pero lo único que podía hacer era secundar los esfuerzos de mi valerosa prima para disimular su desengaño y guardar su pudoroso secreto. Aquella comida me pareció interminable. Sufría más por Phillis que por mí. Hasta entonces, todo lo que había escuchado en aquella casa eran palabras llenas de verdad. Si teníamos algo que decir, lo decíamos; y, si uno de nosotros, o todos, preferíamos quedarnos callados, nadie hacía grandes ni espasmódicos esfuerzos para hablar por hablar, o para evitar los pensamientos indiscretos o recelosos.