La prima Phillis
La prima Phillis Finalmente nos levantamos de la mesa y nos preparamos para dedicarnos cada cual a sus cosas. Pero tres de nosotros habíamos perdido todo entusiasmo e interés por las labores cotidianas. El pastor se quedó mirando por la ventana en silencio, y, cuando se puso en pie para ir a los campos donde sus hombres le esperaban, lo hizo con un suspiro. Al dirigirse hacia la puerta intentó desviar el rostro hacia otro lado para que no advirtiéramos su preocupación. Cuando se hubo ido, vi cómo el semblante de Phillis —que debía de creer que nadie la observaba— se relajaba unos instantes y dejaba traslucir su congoja y su agotamiento. Se puso otra vez en guardia cuando su madre empezó a hablar, y se marchó corriendo a hacer el pequeño recado que ésta le pedía. Cuando nos quedamos solos, la prima Holman volvió a sacar el tema de la boda de Holdsworth. Era una de esas personas amigas de analizar todas las probabilidades —e incluso posibilidades— de un acontecimiento; y en la comida le habían impedido darse ese gusto.
—¡Pensar que el señor Holdsworth es un hombre casado! No puedo recuperarme de la sorpresa, Paul. ¡Un joven tan agradable…! Pero no me gusta el nombre de su mujer, parece extranjero. ¿Me lo repites, querido? Espero que sepa cuidar de él al estilo inglés. No es un hombre muy fuerte, y, si ella no se cuida de ventilar bien sus cosas, podría volverle aquella tos.