La prima Phillis
La prima Phillis —No puedo responder… No voy a responder —exclamó el pastor—. Mis pecados los confesaré al Señor. Pero si han sido graves (si lo son a Sus ojos) —añadió con humildad—, creo, siguiendo las enseñanzas de Cristo, que las penas no las manda Dios, iracundo, como castigo de los pecados.
—¿Es eso ortodoxo, hermano Robinson? —preguntó el tercer pastor, en un tono deferente e inquisitivo.
A pesar de que el pastor me habÃa conminado a que no lo dejara solo, pensé que las cosas estaban tomando un cariz delicado y que una pequeña interrupción doméstica serÃa más acorde con las circunstancias que mi presencia constante entre ellos. Asà que me fui a la cocina a pedirle ayuda a Betty.