La prima Phillis
La prima Phillis —Se lo diré al Señor cuando Él me dé la fuerza necesaria… Cuando llegue la hora —añadió al fin.
Sus dos interlocutores se miraron y sacudieron la cabeza. Creo que su renuencia a responder como ellos querÃan no era por completo inesperada. El pastor continuó hablando:
—Hay médicos —dijo, como para sà mismo—. Dios me ha dado un gran corazón para la esperanza, y no voy a mirar más allá del momento presente. —Luego se volvió hacia ellos y, con voz más alta, añadió—: Hermanos, Dios me dará fuerzas cuando llegue la hora, cuando esa resignación de que me habláis sea necesaria. Hasta entonces no puedo sentirla, y no voy a expresar lo que no siento. No pienso utilizar las palabras como si fueran ensalmos…
Estaba empezando a irritarse, era evidente.
Los habÃa dejado sin habla con sus razonamientos, pero después de unos minutos y varias sacudidas de cabeza más, Robinson volvió a la carga:
—En segundo lugar, desearÃamos que escucharas la voz de la culpa, y te preguntaras a ti mismo por qué pecados te ha sido impuesta esta dura prueba. ¿Por haberte dedicado en exceso a tu granja y tu ganado? ¿Por el hecho de que las enseñanzas de este mundo te hayan llevado a envanecerte y a descuidar las cosas del Señor? ¿Por haber convertido en un Ãdolo a tu hija?