La prima Phillis

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—Nos sentimos apenados por ti, hermano Holman, porque tu aflicción es grande. Pero nos gustaría que recordases que eres una luz en la cima del monte, y los feligreses te están mirando con ojos atentos. El hermano Hodgson y yo hemos venido hablando de las dos cosas que se te exigen en este trance, y hemos decidido animarte. En primer lugar, Dios te ha dado la oportunidad de brindarnos un ejemplo de resignación cristiana.

El pobre señor Holman se estremeció visiblemente ante esta palabra. Imaginé con qué talante habría desechado tales sermones fraternales en tiempos más felices; pero ahora todo su ser estaba trastornado, y «resignación» era un vocablo que implicaba que el pavoroso dolor de perder a Phillis era algo inevitable. Pero el bueno —y estúpido— del señor Robinson siguió con su sermón:

—En todas partes oímos que hay muy pocas esperanzas de que tu pobre hija se recupere, y no estaría de más decirte que te acordaras de Abraham, y de cómo estaba dispuesto a dar muerte a su propio hijo porque el Señor se lo había ordenado. Toma ejemplo de él. Que te oigamos decir: «El Señor me lo ha dado, el Señor me lo ha quitado. ¡Bendito sea el nombre del Señor!»[26].

Hubo un silencio expectante. Estoy convencido de que el pastor intentó sentir lo que le decían que debía sentir, pero no pudo. El corazón es más fuerte que todo. Y él no tenía el corazón de piedra.


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