La prima Phillis

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De modo que entré en la sala con él. Eran dos pastores de los alrededores, ambos de más edad que Ebenezer Holman, pero claramente de educación y posición social inferiores. Tuve la sensación de que me miraban como si fuera un intruso, pero recordé las palabras del pastor y aguanté a pie firme. Cogí uno de los libros de la pobre Phillis (incomprensible para mí) para fingir que hacía algo. No tardaron en pedirme que me uniera a su oración, y los cuatro nos arrodillamos. El hermano Robinson llevaba la voz cantante y no dejaba de recitar el Libro de Job. Parecía tomar este texto como una plegaria: «Tú que a tantos dabas lecciones, que fortalecías las manos débiles; tus consejos animaban al vacilante, robustecías las rodillas inseguras. ¿Y ahora que te toca no aguantas, te llega el turno y te espantas?»[25]. Cuando los demás se levantaron, el pastor siguió arrodillado. Luego se puso también en pie, y se quedó mirándonos unos instantes hasta que todos nos sentamos para celebrar un cónclave. Después de una pausa, el hermano Robinson empezó a decir:







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