La prima Phillis
La prima Phillis La visita de los pastores fue lo único que nos sacó de la rutina en los largos y agotadores días y noches de vigilia. No quiero decir que otra gente no viniera a interesarse. Algunos vecinos rondaban diariamente la casa hasta que los visitantes que salían de ella les informaban del estado de Phillis Holman. Pero todos sabían que no debían llamar para que les abrieran, pues el calor, en agosto, era tan intenso que puertas y ventanas estaban siempre abiertas y el más ligero ruido del exterior llegaba hasta el fondo de la casa. Estoy seguro de que los gallos y las gallinas pasaron un tiempo harto triste, porque Betty se los llevó a un establo vacío y los tuvo encerrados a oscuras días y días, con escasos resultados a juzgar por el alboroto de sus cantos y cacareos. Al final, Phillis se sumió en un sueño que marcó el cenit de su enfermedad, y del cual despertó con una vida débil y nueva. El sueño duró muchas, muchas horas. Y nosotros, en su decurso, no osamos respirar ni movernos. Nos habíamos esforzado tanto por no perder la esperanza que la angustia nos impedía confiar en los signos favorables: el respirar pausado, la piel húmeda, el retorno de un delicado color a sus labios lánguidos y pálidos. Recuerdo haber salido aquel anochecer, a la luz del crepúsculo, y haber echado a andar por el sendero de hierba, bajo las sombras de los olmos que formaban un arco sobre mi cabeza, en dirección al pequeño puente al pie de la colina, donde el sendero que conduce a la granja Esperanza se cruza con el camino que lleva a Hornby. En el puente me encontré con Timothy Cooper, el bracero simplón de la granja, sentado en el parapeto de escasa altura, ocioso, tirando trocitos de argamasa al riachuelo. Cuando me acerqué, se limitó a mirarme, pero no me dirigió saludo alguno ni de palabra ni por gestos. Normalmente me dedicaba alguna señal de reconocimiento, pero supongo que esta vez estaría enfurruñado por haber sido despedido. Sin embargo, sentí que me serviría de alivio charlar un poco con alguien, y me senté a su lado. Mientras pensaba cómo empezar, él bostezó de cansancio.