La prima Phillis
La prima Phillis —¿Estás cansado, Tim? —pregunté.
—Sà —dijo él—. Pero creo que ahora podré irme a casa.
—¿Llevas aquà mucho tiempo?
—Bueno, casi todo el dÃa. Como mÃnimo desde las siete de la mañana.
—Vaya… Y ¿qué diablos has estado haciendo todo este tiempo?
—Nada.
—¿Para qué has estado sentado aquÃ, entonces?
—Para que no se acerquen los carros.
Se habÃa levantado, y se estiró, y sacudió sus miembros torpes.
—¿Los carros? ¿Qué carros?
—¡Los carros que podÃan haber despertado a la señorita! Es dÃa de mercado en Hornby. ¡Ni que fuera usted tonto!
Ladeó la cabeza y me miró como si calibrara mi intelecto.
—¿Y te has pasado aquà todo el dÃa para que el camino esté tranquilo?
—SÃ. No tengo nada que hacer. El pastor me ha dejado sin trabajo. ¿Sabe usted cómo ha pasado la noche la señorita?
—Todos esperan que despierte mucho mejor de su largo sueño. Buenas noches, y que Dios te bendiga, Timothy —dije.