La prima Phillis

La prima Phillis

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Me hizo un gran recibimiento en cuanto me vio.

—Qué detalle… esto sí que es amable por tu parte —exclamó, estrechando calurosamente mi mano—. Phillis, ¡ha venido tu primo Manning!

—Prefiero que me llame Paul —dije yo—. En casa me llaman así; sólo soy Manning en el trabajo.

—Muy bien, Paul. Te hemos preparado ya la habitación. Le dije al pastor que la tendría lista aunque no vinieras el viernes. Y él me contestó que, vinieras o no, tenía que subir al Campo de los Fresnos pero que volvería temprano por si aparecías. Te enseñaré tu habitación y podrás asearte un poco.

Cuando bajé tuve la sensación de que la prima Holman no sabía qué hacer conmigo. No sé si la aburría o le impedía seguir con su trabajo, porque llamó a Phillis y le dijo que se pusiera el sombrero y me acompañara al Campo de los Fresnos en busca de su padre. Así que los dos nos pusimos en marcha; aunque ardía en deseos de causarle buena impresión, me habría encantado que mi acompañante no fuera tan alta, pues yo era de menor estatura. Cuando pensaba en cómo empezar nuestra conversación, ella me dijo:

—Supongo que normalmente estarás ocupadísimo todo el día, ¿no, primo Paul?

—Sí, tenemos que estar en la oficina a las ocho y media de la mañana; nos dan una hora para comer, y luego tenemos que volver hasta las ocho o las nueve.


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