La prima Phillis

La prima Phillis

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No me apetecía volver; pero, cuando llegó el viernes, descubrí que prefería ir a no ir, así que aproveché el permiso del señor Holdsworth para ir a la granja Esperanza por la tarde, aunque no tan pronto como en mi última visita. Encontré la puerta del «coadjutor» abierta para dejar paso a la suave brisa de septiembre, tan templada por el calor del sol que hacía menos frío en el exterior que en el interior de la casa, aunque un leño crepitara sobre las ardientes brasas en la chimenea. Las hojas de la parra que oscurecían la ventana habían amarilleado, y aquí y allá sus bordes se veían secos y parduscos; nadie planchaba, y la prima Holman estaba justo delante de la casa, remendando una camisa. Phillis hacía punto en el interior: parecía no haberse movido en toda la semana. Unas aves moteadas picoteaban en el patio trasero, y las lecheras resplandecían en el exterior, donde se colgaban para que se endulzara su contenido. El patio tenía tantas flores que trepaban por el muro y el montadero, e incluso crecían silvestres en la hierba que bordeaba el camino que conducía a la parte trasera. Tuve la impresión de que mi abrigo de los domingos conservaba unos días la fragancia de los fresnillos y de las eglantinas que perfumaban el aire. De vez en cuando, la prima Holman metía la mano en una cesta tapada a sus pies y arrojaba un puñado de grano a las palomas que zureaban y revoloteaban a su alrededor, a la espera de esa golosina.


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