La prima Phillis
La prima Phillis Mientras hojeaba el libro en busca de sus dudas, mi mirada distraída tropezó con las notas de la pared, y no pude evitar leer una que ha quedado para siempre grabada en mi memoria. Al principio parecía una especie de agenda semanal, pero luego vi que a los siete días correspondían otras tantas oraciones especiales e intercesiones: los lunes por su familia, los martes por los enemigos, los miércoles por las iglesias independientes, los jueves por las demás iglesias, los viernes por los afligidos, los sábados por su propia alma, los domingos para que volvieran al redil vagabundos y pecadores.
Nos llamaron a la sala para cenar. Abrieron una puerta que daba a la cocina y esperamos de pie mientras el pastor, alto, fornido, con una mano en la mesa repleta de alimentos y la otra levantada, decía con una voz potente (que de no haber sido firme y profunda, habría sido estentórea aunque sin ese acento o deje peculiar que mucha gente considera piadoso):
—«Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios[7]».
Cenamos un enorme pastel de carne. Primero nos servimos los que estábamos en la sala de estar; después el pastor golpeó la mesa con el mango de cuerno de ciervo de su cuchillo de trinchar y dijo:
—Ahora o nunca.