La prima Phillis
La prima Phillis —¿Y cómo es que sabe italiano? —preguntó Phillis.
—Construyó una línea de ferrocarril que atravesaba el Piamonte, una región de Italia, creo. Y tenía que hablar italiano con todos los obreros. Le he oído decir que en los dos años que pasó en aquellos parajes remotos sólo pudo leer libros italianos.
—¡Qué horror! —exclamó Phillis—. Me gustaría… —empezó a decir, pero se detuvo.
Estuve a punto de callarme lo primero que me vino a la cabeza, pero no lo hice:
—¿Quieres que le pregunte algo de tu libro, o de sus dificultades?
Se quedó unos instantes en silencio, y luego me respondió:
—¡No! Mejor que no. Pero muchas gracias, de todos modos. Voy entendiéndolo poco a poco. Tal vez así lo recuerde mejor que si alguien me hubiera ayudado. Y ahora mismo lo dejaré, y tú tendrás que marcharte, porque tengo que hacer la masa de las empanadas; los domingos siempre tomamos una comida fría.
—Pero puedo quedarme y ayudarte, ¿no?
—Claro. No es que puedas ayudarme gran cosa, pero me gusta tu compañía.