La prima Phillis

La prima Phillis

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—¿No puedes ir a verlos a donde trabajan, y recordarles sus derechos y deberes cristianos? —preguntó la prima Holman, que a todas luces creía que las palabras de su marido nunca estaban de más.

—¡No! —contestó él, moviendo la cabeza—. Me pongo en su lugar. Si hay nubes en el cielo y yo estoy recogiendo el heno para cargarlo, convencido de que va a llover por la noche, no me gustaría que el hermano Robinson viniera a hablarme de cosas trascendentes.

—En cualquier caso, padre —dijo Phillis—, hace usted mucho bien a las mujeres, y quizá ellas les cuenten a sus maridos e hijos lo que usted les dice.

—Esperemos que sea así, ya que no puedo dirigirme directamente a los hombres. Pero qué propensas son las mujeres a hacerme esperar… y todo para ponerse lazos y perifollos. Es como si con ropa elegante escucharan mejor el mensaje que les transmito. La señora Dobson hoy… ¡Oh, Phillis, qué bien que no te importen las vanidades de la indumentaria!

Phillis se ruborizó un poco mientras le respondía humilde, en voz baja:

—Me temo que sí me importan, padre. A menudo me gustaría poder llevar bonitas cintas de colores en el cuello, como las hijas del terrateniente.

—¡Es algo natural, marido mío! —dijo la prima Holman—. Yo misma prefiero un vestido de seda a uno de algodón. No estoy por encima de eso.


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