La prima Phillis
La prima Phillis —El gusto por el vestir no es más que una tentación y una trampa —señaló él con gravedad—. El verdadero adorno es un espÃritu manso y sereno. Y has de saber, esposa mÃa —añadió, como si un pensamiento fugaz hubiera cruzado su cabeza—, que yo mismo he caÃdo en otro pecado. Deseaba preguntarte si podemos dormir en el cuarto gris y no en el nuestro.
—¿En el cuarto gris? ¿Quieres que cambie nuestro dormitorio a estas horas? —preguntó la prima Holman, consternada.
—Sà —replicó él—. Asà no sucumbiré a la tentación diaria de enfadarme. ¡Mirad mi barbilla! —prosiguió—. Me he cortado esta mañana al afeitarme… y también el miércoles… La verdad es que no sé cuántas veces me he cortado últimamente, y es que me indigna ver a Timothy Cooper en el patio, haciendo que trabaja.
—¡Es un holgazán de tomo y lomo! —exclamó la prima Holman—. No se gana el salario. Las pocas cosas que sabe hacer, las hace mal.
—Es cierto —dijo el pastor—. Es una calamidad, por asà decir. Pero tiene mujer e hijos.
—¡Eso deberÃa avergonzarle más!