La prima Phillis

La prima Phillis

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No recuerdo mucho más de mi primera visita a la granja Esperanza. Sé que fuimos al templo en Heathbridge, andando con lentitud y decoro por unos parajes cuyas tonalidades rojizas y tostadas señalaban la llegada del otoño. El pastor abría la marcha, con las manos en la espalda y la cabeza inclinada, mientras meditaba sobre el sermón que iba a dar a sus fieles, según me explicó la prima Holman. Los demás hablábamos en voz baja para no molestarle. A medida que avanzábamos, no pude sino percatarme del respeto con que le saludaban no sólo los ricos sino también los pobres; saludos que él agradecía con un amable gesto de la mano, sin decir nada. Al acercarnos al pueblo vi a algunos jóvenes que miraban con admiración a Phillis, y eso me animó a observarla. Llevaba un vestido blanco y una capa corta de seda negra, conforme al gusto del momento. Y un sombrero de paja con cintas marrones. Nada más. Pero el color que le faltaba a su vestido lo tenía su rostro dulce y hermoso. El paseo había teñido sus mejillas de una tonalidad rosada; incluso el blanco de sus ojos tenía un tinte azulado, y las pestañas oscuras realzaban la profundidad de sus ojos azules. Se peinaba el cabello rubio tan liso como se lo permitían sus rizos naturales. No sé si ella era consciente de la admiración que despertaba, pero la prima Holman no tenía dudas al respecto, pues su semblante apacible exhibía una expresión fiera y orgullosa, protectora de su tesoro, aunque al mismo tiempo ufana de que todos supieran valorar sus virtudes. Aquella tarde yo tenía que regresar a Eltham para trabajar al día siguiente. Más tarde me enteraría de que el pastor y su familia habían meditado mucho sobre la conveniencia de invitarme otras veces a la granja Esperanza, sabiendo que tenía que volver forzosamente a Eltham los domingos. Con todo, siguieron invitándome y yo seguí visitándoles siempre que me lo permitían otros compromisos. En este caso, como en todos los demás, el señor Holdsworth se portó como un amigo amable e indulgente. Y tampoco mis nuevos conocidos alteraron lo más mínimo el respeto y la admiración que yo sentía por él. En mi corazón había espacio para todos, me alegra decir; y, por lo que recuerdo, dediqué tantos elogios al señor Holdsworth en presencia de los Holman, y a los Holman delante del señor Holdsworth que, de haber tenido más años y más experiencia del mundo, mis comentarios me habrían parecido imprudentes e incluso un tanto ridículos. Eran imprudentes, sin duda, pues todos se sentirían decepcionados si algún día llegaban a conocerse; y acaso ridículos, aunque ninguno de nosotros lo creyera así entonces. El pastor escuchaba mis relatos de los logros y aventuras del señor Holdsworth con verdadero interés y la mejor fe; y al señor Holdsworth, a su vez, le encantaban las historias de mis visitas a la granja Esperanza, y la descripción de la vida que llevaban mis parientes (quiero decir que le gustaban tanto como le gustaría cualquier narración, por el mero hecho de serlo y sin que lo abocara a la acción necesariamente).


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