La prima Phillis
La prima Phillis —Porque tienes que acompañarme, Manning —dijo—. Antes era muy desenvuelto, e incluso me gustaba presentarme ante unos desconocidos; pero, desde mi enfermedad, soy casi como una niña pequeña… Siento frÃo y calor de pura timidez, al igual que ellas, supongo.
Y asà lo acordamos. IrÃamos a la granja Esperanza el sábado por la tarde; y quedó sobreentendido que, si el aire y el tipo de vida le convenÃan al señor Holdsworth, pasarÃa allà una semana o diez dÃas, ocupándose de lo que pudiera en ese extremo de la lÃnea, mientras yo desempeñaba sus funciones en Eltham lo mejor que sabÃa. Empecé a estar un poco más nervioso al acercarse la fecha de nuestra visita, y me preguntaba qué tal congeniarÃa el brillante Holdsworth con la pintoresca y apacible familia del pastor; y qué pensarÃan ellos de él, y de sus muchas costumbres medio extranjeras. Traté de prepararlo, contándole de vez en cuando algunas peculiaridades de la granja Esperanza.
—Manning —dijo él—, es como si pensaras que no soy ni la mitad de bueno que tus amigos. Vamos, dÃmelo sin rodeos, hombre.
—No —repliqué con valentÃa—. Creo que es usted bueno, pero no sé si tiene la misma clase de bondad que los Holman.